Con El caballero oscuro. La leyenda renace, el director Cris Nolan cierra un ciclo de tres películas con el hombre murciélago como protagonista. Tras Batman begins y El caballero oscuro, la narración se retoma ocho años después del desenlace de la segunda cinta, que siempre será recordada, justamente, por la gran actuación del malogrado Heith Ledger, interpretando a un Joker despiadado, desquiciado y muy astuto.

Aunque lleva ya unas semanas en cartel, no fue hasta esta semana que tuve la oportunidad de verla, y aquí os dejo algunas de las impresiones y reflexiones que me suscitó esta película a lo largo de sus 165 minutos de metraje.

Primero que nada, llama la atención la solidez del guión. Encontramos, sí, algunos saltos, (personajes que aparecen en el sitio exacto sin saber cómo llegan allí) y un inicio confuso en un avión, que recuerda un principio similar en una de las entregas de Misión imposible. Frecuentemente, las películas que basan parte de su atractivo en la proliferación de efectos especiales, son acusadas de aportar tramas endebles, pensadas para intercalar las escenas de acción, persecuciones, peleas... No es así, a mi entender, en esta película, que pone la acción al servicio de la historia, y no al revés.

La trama se construye a partir de un plan elaborado durante años por fuerzas del mal, encarnadas en un personaje siniestro, de aspecto desagradable y temible: Bane, que protegido tras una máscara que le permite soportar las secuelas de una agresión, se hace con el control de Gotham sin apenas oposición. Esta solidez  del guión a la que aludimos, perrmite ver la lucha interna de Bruce Wayne, quien no encuentra motivos para volver a hacer una vida activa, tras lo acontecido en el final de la anterior entrega y la muerte de Rachel, su amor. Tampoco ve sentido a enfundarse otra vez el traje negro de murciélago. Consecuentemente, hay una mayor presencia de Bruce Wayne en la cinta, en detrimento de Batman; la redención de Wayne, su bajada a los infiernos y su recuperación como persona, más allá del superhéroe, ocupa buena parte de la película.

El contrapunto a la seriedad de Bruce y su conflicto interior lo aporta el personaje de Catwoman, aunque no se la nombra así en el film, una ladrona de extraordinaria habilidad que entra y sale de la vida de Wayne/Batman y que también se debate entre una simpatía, incluso admiración, hacia Bruce y sus propios intereses, mucho más mundanos. Magnífica, a mi entender, Anne Hathaway, una actriz tan versátil como prolífica, y siempre sale bien de cualquier encargo.

Más desdibujado vemos a Alfred, el mayordomo, que aparece en contadas ocasiones y toma una decisión poco creíble en el desarrollo de la historia. Todo no va a ser perfecto. El comisario Gordon, al que vuelve a dar vida Gary Oldman, muy aplomado en su papel, también tiene su propio conflicto interno, y sigue buscando la redención. Además, será ayudado por un joven policía, perspicaz y valiente, que además conoce a Bruce Wayne, puesto que ha sido beneficiario de su ayuda a los hospicios de la ciudad. Este policía lleva buena parte de la historia, sobre todo cuando la ciudad cae en manos de Bane y sus secuaces.

La película tiene, además, una significación sociopolítica que se manifiesta en la revolución que Bane impone en Gotham City: una revolución impuesta, eso sí, por la amenaza de una bomba nuclear que puede estallar en cualquier momento. Bane quiere devolver a los ciudadanos “el control sobre sus propias vidas” y señala a los ricos, a los poderosos, a la policía... como culpables de la injusticia global, que se manifiesta en el ámbito local de Gotham City. No estamos diciendo que haya que interpretar la cinta en clave política; sería un error hacerlo, a mi entender; pero sí se puede reflexionar sobre los miedos modernos, la falta de solidaridad ante situaciones de peligro colectivo, la desvertebración de la ciudadanía y la aparición de salvadores que utilizan medios terroristas para imponer sus propuestas. En algún momento, viendo las explosiones que asolan la ciudad, recordé el 11-S. La policía descolocada, sin poder hacer frente a la amenaza y a los ataques cuidadosamente preparados durante semanas, tiene un paralelismo acusado con la realidad.

Por otra parte, se escenifican las medidas revolucionarias -tribunales populares sin ningún derecho para los acusados, expropiación de bienes forzosa- que recuerdan episodios de la tradición revolucionaria europea. La escena final de esta revolución, con un enfrentamiento físico más propio del western que del siglo XXI, refuerza esta sensación de enfrentamiento popular. La revolución impuesta, aunque tenga sus partidarios, no soluciona las cosas, las lleva a un límite imposible, es el mensaje que se puede extraer.

Por último, podemos hablar de la necesidad de referentes, de personas que vayan por delante y muestren el camino a una sociedad adormecida, preocupada de sus propios problemas y que ha perdido el lazo social más allá de las mínimas reglas de convivencia. Batman/Wayne asume, a su pesar, ese papel referencial que, como se vio en la entrega anterior, los políticos no pueden llevar a cabo; no hay, sin embargo, una deslegitimación de la política, sino una delimitación de espacios distintos. Batman no quiere protagonismos, es el caballero oscuro que actúa donde hay un peligro.

Los actores están todos sobresalientes, en mi opinión. Es verdad que Marion Cotillard, en el papel de Miranda Tate, lo tiene difícil, porque es un personaje ambivalente y poco trazado.  Bale está más cálido que en otras ocasiones, menos rígido. La música de Zimmer también está a la altura, aunque para mí sobra algún fragmento extemporáneo en la última parte del film.  La música da entrada, acertadamente, a momentos de tensión, acompañando la carrera por la salvación de la ciudad. Aunque, a medida que se acerca el final, sabemos que, de alguna manera, Batman y sus ayudantes conseguirán salvar la ciudad. Al fin y al cabo, es cine americano.

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