Época de concursos literarios: tiempo de recuerdos, tiempo de cine

Grupo 7 es la nueva película de Alberto Rodríguez y me inspiró para escribir este post: un viaje desde mis recuerdos de infancia hasta hoy día, con la sorpresa e ilusión como conductores. También podéis leer el texto en Dicho de paso, mi blog personal.

Grupo 7 ha salido calificada para mayores de 16 años. Creo que los 16 es una edad perfecta para verla, pues, entre otros, toca temas de evolución personal y sentimental con mucha delicadeza y de una manera en que los chavales pueden conectar sin problemas.

Ahora, el post. ¡Un saludo!

 


 

Monadas, tomar un Cola Cao cada mañana y ganar concursos literarios en abril. Eso hacía yo de pequeña.

En cuanto a concursos literarios, los de mi colegio fueron los primeros. El tema giraba siempre en torno a valores como la solidaridad o la convivencia pacífica. El jurado lo constituía un elenco de docentes de lengua y plástica. Fueron redacciones y poemas que luego el centro envió a los concursos del distrito y que el distrito recompensó con un diploma de honrosa participación.

Siempre usaba seudónimos que solía chivarme, inspirada por las musas, mi hermana mayor. Cosas como Alpha Centauri. Nunca Alpha Centauri, sólo sobrenombres tipo Alpha Centauri. O Cíclope, o Cerbero, o alguna sabia referencia grecolatina.

Escribía en función de lo que iba leyendo, cosas como Tomás y el lápiz mágico, Abuelita Opalina o La Señorita Pepota. De todos, éste último, escrito por Paloma Bordons e ilustrado por Maria Luisa Torcida, era mi preferido. (1)

Mi segundo gran libro fue Els culdolla (Los Cretinos, en castellano), de Roald Dahl. Son tres, los recuerdos: la portada en la edición de L'Esparver, la costumbre de los personajes de ponerse boca abajo y su alergia a la limpieza (si el Señor Cretino tenía el día vago y no le apetecía preparar almuerzo, sólo debía chuparse la barba para descubrir con regocijo algún resto de espaguetis).

Aunque meses antes de Els Culdolla llegaría otro del mismo autor: El Superzorro. Fue el primer libro que gané como premio de un concurso literario, en tercero de primaria. La redacción estaba escrita con la máquina de escribir electrónica que usé hasta bien entrado bachillerato y que todavía conservamos. El título, en mayúsculas y negrita, sin subrayar.

Con 9 años no sabía quién era Roald Dahl. Ya de mayor supe que todo niño de honor con padres ilustrados ha leído a Dahl consciente de su importancia. Y a Rodari. Y muy posiblemente, un montón de libros de aventuras que algún lord inglés le recomendara. (2)

Literariamente hablando, tuve una infancia más obrera, salpicada de esto y de aquello. Mis elecciones han estado siempre supeditadas a lo que encontraba por casa; esto es, al gusto de mi hermana o a la ley orgánica educativa de su tiempo.

Puedo afirmar que construí mi premiada sensibilidad gracias a la lectura esporádica de genios y al consumo diario de rosa: Ann M. Martin, Enid Blyton, Aaron Spelling; los horóscopos de SúperPop; las sandalias de plástico de Xuxa, primer calzado que me hizo llagas. Largo etcétera de azúcar.

Sin embargo, no ganaba premios por la presencia de Blytons o ausencia de Rodaris en mi infancia.


Los 90, década de mi infancia, sumaron “Turó de la Peira” y “aluminosis” en la misma frase. España ubicó ese barrio barcelonés construido rápido y mal en los 60 a raíz del desastre de 1990 .

El Turó fue el barrio de mi colegio y lo visité a diario durante 14 años. Siempre ha sido un vecindario de inmigrantes: primero españoles (mayoría de andaluces) y más tarde latinoamericanos. En los 90 llegaron los subsaharianos, siempre había algún compañero nuevo negro en clase. Por “integración” se nos enseñaba “aceptar y comprender todo lo diferente”. En aquel momento, lo diferente era África.

Cursaba cuarto de primaria en 1996. En el concurso de aquel abril tocaba una redacción acerca de la solidaridad con el prójimo, el diferente. Resolví un diario de tres páginas sobre mi empeño desesperado por hacerme amiga de mi nuevo vecino gitano.

Ya olvidé el argumento; si le robaba la cabra a su padre y tomábamos leche directa de la ubre o nos enrolábamos en un circo ambulante o qué se yo, pero sé la razón por la que ganaba los concursos: entonces tenía extrañamente claro qué redacción se esperaba de una niña de diez años y un verdadero deseo de salirme por la tangente.

Conseguí el segundo premio de castellano… y también el primero de catalán, con otra redacción medio original de temática social y pseudónimo de diosa griega. Dos premios, ¡dos libros! Apenas recuerdo aquel día, sólo que puse una cara de alucine total a imagen y semejanza de la de mi tutor Santi, que me esperaba en el escenario del auditorio con camisa tejana y un bigote sonriente.

Desde entonces, el valor que otorgo a todo lo que me sorprende es incalculable. Tras dos décadas viendo, leyendo y estudiando, mi capacidad para sorprenderme ha mermado junto con mi ilusión, y son ya pocos los libros leídos de los que recuerde el título, las películas que me den miedo, los thrillersque me dejen con la boca abierta o los días en que salga del cine con ese calentico en la panza de cosa bien vista y mejor hecha.

Pero así fue el lunes pasado, cuando sacié el hambre de buenas historias con Grupo 7(Alberto Rodríguez, 2012), una película magnífica a la que no tengo ganas de reprocharle nada, sino de remarcar todo su equilibrio, por cargar con el peso de un policiaco sin derramar una gota de efectismo. Me atacaron momentos de pedirle por favor que no cayera en tal cosa; que no se metiera por ahí ni recurriera a eso… Y la música acompañaba. Los personajes sentían. La película blanca de clase media obedecía y se desmarcaba haciéndose amiga de un gitano.

Es difícil moverse exitosamente por terrenos dramáticos tan transitados después de 120 años de cine y, cuántos, ¿dos, tres mil de literatura? Manejarse entre lo previsible y lo orgánico requiere de equilibrio. Y Grupo 7 es, sin duda, hábil funambulista.




(1) Se trata de un libro genial y loquísimo sobre una jovenzuela vendedora de pipas, pelirroja y feota, que diseña y cose un rompedor vestido de lunares para impresionar a su partícular Mr. Marshall: el príncipe heredero de Tal y Cual, que visitará su pueblo, Quintopimiento, en unos días. Pero el estampado que Pepota creía tan original resulta ser un común entre las lugareñas; y además, Su Alteza es un adolescente con acné. La Señorita Pepota y el resto de habitantes de Quintopimiento acaban decepcionadísimos; y el principito prepúbero, llorando entre tanto lunar y tanta lagartona casadera.


Y aprovecho: Nana Bunilda, Pippi, Ana de las Tejas Verdes... pelirrojas de la ficción literaria infantil: gran trauma entre los 4 y los 8. Recibir tantos regalos de anaranjadas protagonistas distorsionó mi visión del mundo. ¿Pero no se daban cuenta esos bienintencionados que cuando saliera a la calle y no viera más, iba a preguntarme por qué todas las que conocía eran seres de raras costumbres?


(2) Además, todos parecían estar muy enterados de cómo se deletrea “Dahl”. Quizá fuera mnemotecnia, o que sencillamente recordaban que el orden alfabético regía esa sucesión de letras a partir de la d. En cualquier caso, aquello todavía duele.


Respecto a los libros de aventuras, me resarcí en la veintena cursando Literatura y Cine: los clásicos de la aventura; tres créditos de libre elección culminados con un examen de tema libre sobre un par de lecturas obligatorias. Una de mis elecciones, probablemente la que me dio la nota, fue La infancia recuperada, de Fernando Savater.




La foto podéis encontrarla en weheartit.com, junto a un montón de hermosas imágenes sobre circo o cualquier otro tema .

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